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Cabellos históricos. La cabellera y el estatus social

Más elocuentes que el look, más inmediatos que la palabra. Son los cabellos, capaces, al igual que las joyas y los vestidos, de revelar a los demás quienes somos. El valor simbólico y sexual de la cabellera, en las diferentes culturas a lo largo de los siglos ha sido interpretado de muy distintas formas, pero casi siempre una cabellera espesa es sinónimo de robustez física y de caracterización sexual.

En la cuna de la cultura occidental, Grecia, la totalidad de la producción artística del periodo clásico representa atletas, diosas y personajes míticos con cabellos suavemente peinados: es decir, el símbolo de la belleza en la época helenística era una figura con crines.

Y si es verdad el binomio melenudo = bello, no se puede dejar de lado el valor moral del término “bello”: en el mundo clásico, de hecho, la belleza exterior es un fenómeno de la belleza moral. ¡He aquí que, curiosamente, quien tiene una bella cabellera tiene también mayores posibilidades de ser juzgado como persona de recta conducta!

Un vanidoso histórico fue también el gran Cesar que, según los poetas satíricos contemporáneos (Svetonio), solía peinarse los pocos cabellos hacia la frente para esconder la calvicie incipiente. Las malas lenguas de la época atribuían a la imperial calvicie la causa de la nueva costumbre de ponerse la corona de laurel en las apariciones públicas. Algunos escritos satíricos narraban las ridículas tentativas de Julio Cesar de cubrir la falta de cabellos en las sienes hasta tiñendo el cuero cabelludo.

Igualmente importantes son los cabellos en la cultura bíblica, donde el más famoso melenudo fue Sansón. Para privarlo de su extraordinaria fuerza, Dalila le cortó la cabellera. En suma, virilidad, potencia, belleza y fuerza son los significados simbólicos de los cabellos en casi todas las culturas.

Con esto se explica la costumbre de tener el cráneo rapado por parte de aquellos que emprenden un camino ascético. Los monjes budistas buscan la ausencia del deseo y el signo externo es justo la ausencia de este carácter sexual secundario. El mismo principio es adoptado desde la época medieval de los frailes y los monjes cristianos, que practicaban la tonsura, es decir que rapaban el vértice de la cabeza, casi a imitación de la vejez, sinónimo por un lado de sabiduría y por el otro de la ausencia de impulsos sexuales.

Como tener muchos cabellos desde siempre es sinónimo de un estatus social (y moral) elevado y la auto-privación de la cabellera es sinónimo de renuncia de los impulsos terrenos, así el cortar los cabellos o la calvicie representan un hecho y una condición negativa. En Oriente, los calvos eran despreciados porque se creía que, con los cabellos, hubieran perdido también la virilidad. En el Punjab, región indiana, solamente los malhechores llevan cabellos cortos, y los antiguos pueblos germánicos como signo de desprecio hacia un delincuente, lo rapaban.

Tanto mayor desprecio hacia el enemigo demostraban los nativos americanos quitando la cabellera al difunto: de esta manera el Gran Espíritu no habría podido agarrarlo (¡por el pelo!) y conducirlo a las praderas de la paz eterna.

Volviendo a la cultura occidental, ¿cómo no pensar en las pelucas del siglo XVIII empolvadas de los nobles? La costumbre particular eliminaba el fastidio de una cuidada higiene personal y subrayaba el poder y el elevado estatus de quien podía mostrarla. Y parte de esta costumbre ha continuado todavía durante bastante tiempo en los tribunales, donde quien lleva la peluca es quien posee la autoridad.

El valor social de la cabellera es evidente, desde el movimiento italiano del siglo XIX denominado “Scapigliatura” (desmelenadura) a los melenudos de los años 70, desde las psicodélicas melenas de los punk, hasta las cabezas rapadas de los nazis.

HOY

Las pasarelas de moda proponen cada año nuevos peinados, nuevos colores y nuevos cortes. A veces es el cabello largo el protagonista, otras veces el corto, pero seguro que nadie propondría nunca el… calvo! A pesar de que la cultura tradicional hoy esté mediatizada por una mentalidad abierta y progresista, donde nadie racionalmente pensaría en un calvo como en un hombre privado de virilidad, la pérdida forzada de los cabellos se percibe de todas maneras como un estigma en la propia auto-estima. La mayor parte de los hombres que sufre de calvicie y de alopecia afirma que el mayor temor a perder los cabellos está en el miedo de no ser ya atractivo y de no gustar. Muchos están convencidos de que una buena cabellera es un punto a favor del propio aspecto incluso en el lugar de trabajo y temen perder, junto con los cabellos, la propia imagen social.

 


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